Niccolò Paganini, en ocasiones, tocaba con cuerdas de violín gastadas para que se rompiesen en mitad de una interpretación y así poder demostrar su virtuosismo en tal situación extrema. Su calidad técnica era fruto de un constante ejercicio que llegó a deformar tanto sus manos que, extendidas, medían cada una 45 cm. Aficionado al juego, a veces, las ganancias del concierto que ejecutaría por la tarde se la jugaba por la mañana, y su violín aparecía en la casa de empeño hasta cinco minutos antes del concierto.

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